There is love in your body but you can't get it out
It gets stuck in your head, won't come out of your mouth
Sticks to your tongue and it shows on your face that
The sweetest of words have the bitterest taste

Hardest of the hearts - Florence & the Machine


A menudo pienso que no tiene sentido buscar el por qué de las cosas...¿cuántas veces no lo tienen?

La vida está llena de pequeñas batallas diarias, simples, cotidianas, que puedes afrontar con la gente que te rodea. Sin embargo, existen ese tipo de batallas que para el mundo no son nada pero para alguien pueden ser su mundo.

Personalmente, aunque yo soy muy mía, pienso que las grandes batallas tienen que ser en solitario, un cuerpo a cuerpo. No se puede recibir la ayuda de nadie en éstas, tienen que ser individuales, básicamente porque lo que te juegas es tuyo, no de los demás.

Supongo que son las más duras, ya que requieren entre otras cosas sincerarse con uno mismo. Fatigan, asustan, enfadan, hacen reir o llorar...en definitiva, llevan nuestros sentimientos hasta su límite.
Los límites deben existir, no podemos destruirlos, porque si no existen límites malos tampoco existirán buenos, y si no hay ningún tipo de límite no se tiene nada por lo que luchar.

Me gustaría tener mi propia cruzada, ese algo por lo que para mí valiera la pena luchar. Hubo un tiempo en el que lo tuve, pero ya no lo hay más. Grabé a fuego que no hay nada ni nadie por lo que sea digno la lucha, la entrega e incluso la vida.

Las grandes batallas conllevan grandes victorias o derrotas. La que fue mía sé que no habría sido una gran victoria, entonces ¿por qué sí fue una gran derrota?,¿por qué me sentí como si me hubieran arrancado algo del cuerpo?

La cosa es que, aparentemente, tengo la batalla ganada pero no tengo la conciencia tranquila desde entonces y no sé por qué.
Es como si fuera un lisiado de guerra que se sienta a preguntarse cómo y por qué se hizo un tullido y un despojo.

lunes, 26 de julio de 2010 en 16:01

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